Cómo hemos llegado hasta aquí

Mi abuelo y yo cruzábamos juntos el puente colgante.

Íbamos de la mano porque entre los tablones del suelo se dejaba entrever, a trozos, la corriente del río bajo nuestros pies.

Desde allí mirábamos la casa y hablábamos de ella con esa complicidad que tienen algunas conversaciones que, sin saberlo entonces, uno acaba recordando toda la vida.

No sé por qué, pero aquella pequeña casa me hipnotizaba.

Muy cerca tenía mi abuelo un burro mimado en un corral, y a mí me iba de perlas acompañarlo a darle de comer: era la excusa perfecta para estar un poco más cerca de la casa. De aquello hace más de cuarenta años.

Entonces la llamaban la Blancayazul.

Mi abuelo había pintado la puerta y las ventanas de madera de azul griego, el color favorito de mi abuela Ovidia, que era trece años mayor que él.

Mis abuelos tuvieron durante muchos años un bar muy querido en el pueblo. Un lugar sencillo, honesto, lleno de vida y, sobre todo, auténtico.

Recuerdo  deambular entre aquellas encantadoras mesas de madera redondas, de color granate, con sus sillas Thonet de madera curvada, y percibir el pequeño mundo de cada mesa, entre partidas de dominó y cartas.

Mi abuela cocinaba allí sus famosos michirones. Se servían chatos de vino con cascarujas. Había una barra de mármol de Macael, olor rancio a vino y a humo de tabaco.

Al romper el día, mi abuelo ya estaba en la huerta. Después atendía el bar y también era Juez de Paz. La gente acudía a él para pedirle consejo, para que mediara en algún asunto, buscar una solución justa o, simplemente, hablar y ser escuchada.

Yo crecí rodeada de todo aquello: de conversaciones, de recibir a la gente, de esforzarse, de escuchar, de tomar partido, de respetar y de compartir.

Y ya desde mi infancia, no logro saber cuándo ni por qué, sentí que algún día tendría que devolver la vida a aquella pequeña casa, 🔵 dejando que fuera ella misma quien marcara el camino.

En aquel entonces, allí se guardaban el forraje del burro y las almendras preparadas para partir. El olor a algarrobas 🔵 impregnaba las gruesas paredes de piedra.

Muchos años después, he intentado cumplir lo prometido.

Porque esta casa no empezó con una reforma.

Empezó mucho antes.

En una mirada desde el puente colgante.

Mi abuelo se llama Papepepe.